Le había inutilizado los frenos, pero ella también pensó en lo mismo. Su matrimonio se suponía que iba bien, pero parece que no; él la engañaba y ella lo sabía. Su testamento le dio la idea: si él moría, heredaría todo. Él mantenía una relación con su secretaria, diez años más joven. Quería dejarla; ambos creían que se harían ricos heredando.
—Te veo después del trabajo —dijo él.
—Aquí estaré —respondió ella, lanzando una furtiva mirada a la mancha del líquido de frenos que comenzaba a salir de debajo del coche de él.
Ambos montaron en sus respectivos vehículos, pero ninguno de los dos volvió.
M. D. Álvarez
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