viernes, 19 de junio de 2026

La pesadilla no duerme.

Lo suyo no fue un simple encontronazo con la muerte; fue algo más intenso y aterrador. Los vio morir a todos; solo podía luchar con todas sus fuerzas contra aquella dantesca pesadilla que lo torturaba, mostrándole las muertes tan atroces.

Cada noche, al cerrar los ojos, el silbido del viento se convertía en el mismo grito desgarrador de Marcus. La oscuridad de su habitación se poblaba de los destellos cegadores de aquellas explosiones, y el tacto de las sábanas se transformaba en el agarre febril de Angie, cuyo último suspiro aún sentía arder en su mejilla. No dormía; sobrevivía a turnos de guardia en su propia mente, un campo de batalla donde la trinchera era su cama y el enemigo, su memoria.

Una noche, se sorprendió al sentir una cálida mano sobre su frente. Abrió los ojos y ella estaba allí, mirándolo con preocupación; la había visto morir, igual que al resto de sus amigos.

—¿Estás bien? —preguntó ella al percatarse de la cara de estupor.

—¿Angie, eres tú? —logró balbucir.

—Claro que soy yo, ¿a quién esperabas? —preguntó con preocupación.

—No puede ser, te vi morir —dijo, sobrecogido por el dolor.

—Amor, estoy aquí. Mi vida no ha sido más que una pesadilla —respondió ella, colmándolo de besos.

M. D. Álvarez

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