Aquella losa era su piedra de toque; allí era donde los hombres se convertían en dioses. Una vez pisada, ya nada sería igual, pero debía convertirse en algo más; si no, no podría proteger todo lo que amaba, y él lo sabía. Aunque tuviera que morir un millón de veces, lo prefería a ver sufrir a su amada.
Cuando traspasó la losa para entrar en la majestuosa ciudad de Teotihuacan, sintió cómo un millón de agujas atravesaban su cuerpo. La transformación había comenzado; ahora era cuestión de que su cuerpo aguantara su transformación en un dios protector. Nadie sabe cuánto tiempo le llevó fortalecer su cuerpo para trascender al plano divino.
Transcurrieron meses hasta que volvió a pisar la piedra de salida; su aspecto era imponente y majestuoso, con un tocado cubierto de plumas de quetzal. Recibió el nombre de Ixtololojuan iluikak.
La única que lo reconoció fue su amada, que al verlo llegar con semejante porte se postró ante él. Sorprendido, la alzó con ternura y dijo: —No tienes que postrarte frente a mí, soy yo quien te debe devoción. He traspasado los muros de la divina ciudad de Teotihuacan para poder protegerte de todo mal, mi apasionada y dulce compañera.
M. D. Álvarez
Teotihuacan: Lugar donde los hombres se convierten en dioses
Ixtololojuan iluikak: Ojos del cielo.
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