Angia, que hasta entonces ordenaba libros en la estantería, se quedó inmóvil. —¿De qué problema estás hablando? —La voz le salió un punto más aguda de lo normal. Si Marcus tenía un problema, ella debía ser la primera en saberlo; era su novia, su confidente.
Jason palideció. No había contado con sus buenos oídos. Tragó saliva, sintiendo el peso de la promesa hecha a su amigo. Se encontraba entre la espada y la pared.
—Jason, ahora mismo me dices qué le pasa —exigió ella, con cada palabra perfectamente articulada y gélida.
—Angie, por favor, no me pongas en esta situación...
—Como no me respondas, te vas a enterar.
La puerta se abrió en ese momento. Era Marcus. Su mirada fue de Jason a Angia, y en menos de un segundo lo comprendió todo. El secreto había caducado.
—Por fin llegas —dijo Angie, y una sonrisa encantadora, demasiado perfecta, se dibujó en sus labios—. Contigo quería hablar.
Aprovechando la distracción, Jason murmuró un "lo siento" casi inaudible y escapó, poniendo pies en polvorosa.
—¿Qué te ocurre, mi sol? —preguntó Angie, acercándose a Marcus y besándolo con una dulzura que ahora parecía frágil.
Marcus no respondió con palabras. La atrajo hacia sí y la abrazó con una fuerza desesperada, como si el mundo entero fuera a arrebatársela. Ella notó cómo su cuerpo se tensaba y cómo latía a toda prisa su corazón contra su pecho. No hacían falta más señales.
—Tengo que decirte algo —susurró él entonces, acercando los labios a su oído—. Pero necesito que estés tranquila. —Hizo una pausa, buscando valor—. Vengo del hospital. Me han detectado un tumor... en el tálamo.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier grito. Angia separó su rostro solo lo necesario para mirarlo a los ojos, buscando una rendija de duda, una esperanza de que era una broma cruel. Solo encontró la verdad, desnuda y aterradora.
—¿Por qué? —logró articular, con la voz quebrada—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—No quería... no quiero ser tu carga —confesó él, con los ojos húmedos.
Ella apretó su mano con fuerza. —Eres mi vida, no mi carga. —Marcus esbozó una sonrisa triste—. Mañana empiezo la quimioterapia. Y voy a seguir luchando contra este monstruo. Te lo prometo, no le dejaré que me arrebate la vida.
M. D. Álvarez
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