sábado, 19 de septiembre de 2026

Ternura.

Con la mandíbula destrozada y unos cuantos huesos rotos, todavía era capaz de sonreír. Eso hacía que su pequeño retoño riera de una forma angelical y le infundiera una furia inherente que lo llevaría a seguir peleando para que su bebito no perdiera aquella adorable sonrisa.

La misma sonrisa de su esposa, con la que lo recibía cada día cuando lo traía de la guardería, aquella tarde se cruzó con unos desaprensivos que insultaron a su bebé. No sabían la que se les venía encima; a pesar de tener la mandíbula rota y un par de costillas fracturadas, les arreó una somants de golpes que los dejó tirados en el suelo. El chiquitín reía angelicalmente a cada golpe que su padre propinaba; era la cosita más adorable. Y cuando llegó con el pequeño en su canastilla, al verlo con aquella sonrisa tan adorable, ella, con su arrebatadora sonrisa, le dijo:

—Ya te has vuelto a pelear.

—Su sonrisa bien lo merece —respondió él, suavemente.

M. D. Álvarez 

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