En la última crisis medioambiental, Héctor estuvo a punto de perder el control y resquebrajar su hogar. Solo con autocontrol y fuerza de voluntad logró restituir la naturaleza, pero, casi agotado, decidió aislarse en una gruta del Himalaya que había sido su hogar.
Con un último suspiro de cansancio, cerró los ojos confiando en que la Tierra sabría cicatrizar sus propias heridas.
Sin embargo, en el silencio de la montaña, sintió cómo el latido agonizante del mundo aún reclamaba el regreso de su guardián.
M. D. Álvarez
Los hados siguen dándole vida a mi héroe favorito, Héctor, el hijo de un celestial y una humana.
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