Él no la oía; se debatía entre la vida y la muerte y parecía ir perdiendo.
Esperanza se encaramó a la cama y, con su dulce manita, tocó el brazo casi destrozado de su padre. Hubo una leve reacción;
Angie lo percibió y observó cómo la pequeña Esperanza se mantenía como en trance. Se acercó al oído de su padre y gorjeó de forma misteriosa. Angie vio cómo Marcus abría los ojos; el dolor tuvo que ser atroz, pero no emitió ni un quejido.
Esperanza se volvió a mirar a su madre y señaló con su pequeña manita a su padre.
—Mi sol, lo has traído de huerta —dijo Angie, abrazando a su pequeña, que soltó una deliciosa sonrisa.
Continuará...
M. D. Álvarez
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