En cuanto puso un pie en aquella calle tan estrecha, supo que tendría que luchar hasta llegar donde su amada lo esperaba. En la primera esquina, un celador le salió al paso e intentó apuñalarlo, pero se desembarazó de él con un movimiento rápido.
En la siguiente curva, una metetriz se le insinuó, pero perdía el tiempo con él. Siguió avanzando y, con cada paso que daba, más y más adversarios le salían al encuentro. A pesar de todo, supo librarse de todos ellos. Cuando finalmente divisó la casa de su amada, la vio asomada a la ventana. Corrió cual lobo hasta su alféizar, y encarándose en él, le robó un apasionado beso.
M. D. Álvarez
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