Era como si tuvieran una falta de materia y energía, y si los Pilares dejaban de producir y seguir expandiendo el cosmos, este universo no tendría razón de ser y se colapsaría e implosionaría, destruyendo este universo.
Héctor surcó los espacios vacíos hasta llegar a los Pilares. Lo que debía hacer era reactivar el crisol de cúmulos estelares, preñados de estrellas.
Héctor extendió su mano hacia el núcleo de los Pilares. No era un crisol muerto, sino un útero dormido.
Concentró su esencia, no para crear, sino para recordar: cada explosión de supernova, cada susurro de hidrógeno, cada latido de púlsar.
Su memoria se fundió con la matriz cósmica. Los filamentos de polvo comenzaron a brillar, no con luz nueva, sino con la reverberación de lo que ya había sido. Los quásares despertaron como ecos, las galaxias jóvenes se replegaron sobre sí mismas, no para nacer, sino para soñar su propio origen. El colapso se detuvo.
Tras lo cual regresó a la pequeña joya azul que era su planeta de origen.
M. D. Álvarez
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