sábado, 19 de septiembre de 2026

La pala de playa. 2da parte.

"¿Tú... tú eres Marcus?", repitió ella, la voz apenas un susurro, mientras sus dedos rozaban la melena suave y densa del licántropo. 

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no de miedo, sino de una extraña fascinación. Él cerró los ojos un instante, saboreando el contacto, antes de abrirlos de nuevo y mirarla con una intensidad que casi le cortó la respiración. Sus grandes ojos azules, profundos como el cielo azul, la observaban con una mezcla de reconocimiento y algo más, algo primitivo y protector.

—Sí, -volvió a ronronear, y el sonido vibró en el aire, haciéndole sentir la potencia latente bajo su piel. —Soy Marcus. ¿Por qué la sorpresa, Capitana Angie?

Ella dio un respingo al escuchar su nombre, no solo por la revelación de que él la conocía y por su rango, sino por el tono, que era extrañamente… familiar. Como si siempre hubieran compartido ese secreto, esa cercanía. Retiró la mano de su pecho, sintiendo el calor que persistía en sus dedos. 

—No esperaba... esto, -admitió, señalando su imponente figura. —Mi informe decía que el soldado Marcus era un hombre. Un soldado común.

Él ladeó la cabeza, una acción que en su forma humana sería casual, pero en el licántropo tenía una gracia fiera.

 —¿Y qué es un 'soldado común', Capitana? ¿Acaso no soy capaz de cumplir mis órdenes? La zanja está excavada, ¿no es así?

Sus ojos se deslizaron hacia la inmensa trinchera que se extendía detrás de ellos, un testimonio monumental de su fuerza.

Angie se giró para contemplar la obra, sus ojos recorriendo los novecientos metros de longitud y los diez de profundidad perfectamente delineados. Era impecable, un trabajo que habría tardado semanas con un equipo de hombres y maquinaria pesada, y él lo había hecho en un periquete, como bien había dicho. Era imposible negar la evidencia.

Se volvió hacia él de nuevo, la curiosidad superando cualquier atisbo de miedo o prejuicio. —Es... impresionante, Marcus. Pero, ¿por qué no lo dijiste? ¿Por qué la pala de juguete? ¿Por qué la farsa?

Un gruñido bajo escapó de su garganta, una risa grave y resonante. —Órdenes, -dijo simplemente. —Cavar una zanja con la pala asignada. No especificaron si podía usar mis propias 'herramientas'. Sus zarpas se extendieron brevemente, sus garras reluciendo al sol antes de retraerse. —Y la pala... fue un toque de teatro. Una pequeña venganza por la absurda orden.

Angie no pudo evitar una pequeña sonrisa. Empezaba a ver al hombre detrás de la bestia, al Marcus que conocía, con su sarcasmo y su peculiar sentido del humor. 

—"¿Y ahora qué, Marcus?", preguntó, acercándose un paso más, aunque la diferencia de tamaño era abismal. "¿Vas a transformarte de nuevo? ¿Puedes controlarlo?".

—Cada día me resulta más fácil controlarlo —dijo, retornando a su estado humano.  Recogió la mochila que tenía al pie de un gran árbol y se vistió con el uniforme de faena.

M. D.  Álvarez 

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