Aquello lo preparó para lo que se iba a encontrar. Se introdujo con dificultad por la grieta; sus ojos azules se adaptaron fácilmente a la oscuridad. Al sortear la grieta, se halló en una cueva ancha y, en medio de ella, un cuerpo. Supo de inmediato que era ella, corrió desesperado hasta su lado y la recogió con delicadeza.
Su parte humana volvió en sí y colocó sus dedos corazón e índice sobre la carótida; tenía pulso, pero también un golpe en la cabeza. La cogió con ternura y se acercó a la grieta; la depositó en el suelo, apoyada en una estalagmita. Su bestia volvió y utilizó sus garras para ensanchar la grieta. Cuando lo logró, la recogió con suavidad, salió con ella en brazos, la trasladó a un hospital cercano y se quedó junto a ella hasta que ella se despertó.
Continuará...
M. D. Álvarez
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