Los cielos parecían encogerse ante su presencia, mientras la tierra temblaba bajo cada una de sus sombras. Nadie osaba alzar la mirada, pues bastaba un instante de contemplación para que la cordura abandonara incluso a los más valientes.
Y así, eterno e implacable, permanecía allí, como un dios olvidado que hubiera regresado para reclamar el mundo que una vez le perteneció.
Aunque en su corazón él solo ansiaba proteger a su amada de los peligros que la acechaban.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario