martes, 15 de septiembre de 2026

El mejor olfato. IIparte.

​​El pitido rítmico del monitor cardíaco era la única música que el rastreador soportaba. Para sus oídos, acostumbrados al crujir de las hojas y al susurro del viento en los roquedales, el hospital era un caos de olores químicos y ruidos metálicos. Se mantenía en el rincón más oscuro de la habitación, con los músculos todavía tensos, sintiendo cómo el vello de sus brazos se erizaba ante cada paso de las enfermeras por el pasillo.

​Cuando ella finalmente abrió los ojos, el azul de las pupilas de él brilló con una intensidad eléctrica.

​—¿Dónde...? —susurró ella, intentando llevarse la mano a la sien vendada.

​Él no se acercó de inmediato. Sabía que su presencia, todavía cargada con la energía de la "bestia", podía resultar abrumadora. El olor rancio de la cueva aún persistía en su memoria olfativa, mezclado con algo más... un rastro que no era de ella, ni de la tierra, ni de él. Era un aroma metálico y frío que no pertenecía a ningún animal conocido.

​—Estás a salvo —dijo él, con una voz que rascaba el aire como grava—. La grieta se cerró tras nosotros, pero el peligro no se quedó en la cueva.

​Ella lo miró fijamente, y por un segundo, él temió que recordara las garras ensanchando la piedra o la fuerza inhumana con la que la había cargado. Sin embargo, ella solo extendió una mano temblorosa hacia la oscuridad del rincón.

​—No fuiste solo tú quien me encontró, ¿verdad? —preguntó ella con un hilo de voz—. Había algo más en esa oscuridad. Algo que me dejó allí para que me buscaras.

​El rastreador se tensó. Su olfato, ese que nunca fallaba, detectó de repente un cambio en el aire de la habitación. Un rastro acre, idéntico al de la cueva, comenzaba a filtrarse por la rejilla de ventilación 

M. D. Álvarez 

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