sábado, 12 de septiembre de 2026

Historia de una familia dispar. XVII parte.

Marcus, viendo que no había salvación, miró a Angie, a Devastación y a Esperanza, y les dijo: "Todo va a salir bien", justo cuando la luna empezaba a despuntar y la bestia interior surgió. Los abrazó con ternura y resistió a las oleadas de criaturas de la noche que, ávidas de la luz que desprendían, ansiaban devorarlos.

Marcus aguantó hasta el amanecer, cuando los primeros rayos del sol rompieron la oscuridad, borrando de un plumazo a las centenares de criaturas que trataban de despedazar a Marcus, que seguía protegiendo a su familia.

El silencio que siguió al amanecer era absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Marcus. Sus ropas estaban hechas jirones y su piel, marcada por las huellas de una batalla que nadie más podría haber sobrevivido, aún vibraba con la energía residual de la metamorfosis que lo había mantenido en pie.

​Angie, con los ojos empañados, fue la primera en moverse. Se soltó lentamente del abrazo, sus manos temblorosas buscando el rostro de Marcus, asegurándose de que esa presencia cálida y humana estuviera realmente ahí, de vuelta. Debastación y Esperanza, aún pequeños pero con una sabiduría antigua grabada en sus miradas, permanecían pegados a su padre, como si temieran que, si se alejaban, el mundo exterior volviera a reclamar su cuota de dolor.

​—Ya pasó —susurró Marcus, aunque su voz sonaba como un crujido de piedras milenarias—. La noche ya no tiene poder aquí.
Marcus sintió que el calor del sol no solo quemaba a las criaturas, sino que también consumía lo que quedaba de su propia esencia oscura. La "bestia" que lo había salvado durante la noche se desvanecía, y con ella, sus fuerzas. Cayó de rodillas, aún manteniendo el círculo protector con sus brazos alrededor de Angie, Debastación y Esperanza.
—Mirad... —susurró Marcus, señalando el horizonte donde el sol terminaba de alzarse

Las criaturas, reducidas a cenizas, se convirtieron en un polvo brillante que el viento empezó a esparcir. Donde ese polvo caía, la tierra muerta por la oscuridad comenzaba a florecer instantáneamente. El sacrificio de Marcus no solo los había protegido, sino que había purificado el mundo a su alrededor.
Angie tomó su mano, sintiendo que la piel de Marcus ya no estaba fría como la de un monstruo, sino cálida como la de un hombre.
Esperanza se acercó y puso una pequeña flor silvestre, nacida de las cenizas, en el pecho de su padre.

​Devastación, cuyo nombre siempre había sido una carga, sonrió por primera vez, comprendiendo que el ciclo de destrucción había terminado.

Marcus cerró los ojos. Ya no escuchaba los gruñidos de la noche, solo el canto de los pájaros y el latido tranquilo de los corazones de su familia. No había salvación para su cuerpo, agotado por una lucha sobrenatural, pero su alma finalmente estaba en paz...

M. D. Álvarez 

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