Las olas retrocedieron por un instante, como si el propio mar reconociera la ferocidad de aquel guardián de fauces plateadas. Pero él no bajó la guardia. Entre jadeos, sus garras se clavaron en la roca, y su pelaje, empapado de sal y espuma, brillaba bajo la luz menguante del atardecer.
—Basta —susurró ella, extendiendo una mano hacia su rostro aún deformado por la bestia—. No pelees contra lo inevitable.
Un gruñido escapó de su garganta, pero esta vez no era un desafío al mar, sino un lamento. ¿Cómo no luchar si el océano quería robársela? Ella, la que había visto más allá de sus colmillos, la que reía cuando otros huían.
La siguiente ola fue diferente No llegó con violencia, sino rodeando la roca como un abrazo líquido, arrastrando consigo un murmullo ancestral: —Ella no te pertenece… pertenece a la marea.
Él alzó la cabeza, sorprendido. Por primera vez, había palabras en el rugido del mar. Y entonces lo entendió: no era el agua lo que intentaba separarlos, sino el destino.
Ella, sin embargo, solo sonrió. Con un gesto sereno, se levantó y caminó al borde del escollo.
—Si es la marea quien me reclama —dijo, mirando el abismo—, entonces que sea ella quien decida.
Antes de que él pudiera reaccionar, saltó.
El licántropo lanzó un aullido que rajó el cielo, pero al seguir su caída, vio algo imposible: donde debía golpear el agua, ahora brillaban escamas. Dos brazos surgieron de las olas para recibirla, y cuando emergió de nuevo, su piel reflejaba la luz de la luna. Era parte del mar… y sin embargo, aún lo miraba a él.
Desde el fondo del mar se alzó una figura oscura, coronada con un tridente de huesos y con una mirada que petrificaba a cualquiera. Pero él no se arredró y saltó sobre aquel titán que había surgido de las profundidades. No se esperaba aquella reacción de un ser lunar que, con un poderoso aullido, se encaramó sobre el señor del mar. Ella lo vio saltar y enfrentarse de forma endiablada, con tal furia que hizo huir al amo de la marea. El joven licántropo cayó al mar; ella no lo vio salir y se sumergió en su busca. Lo encontró inconsciente y lo sacó a la superficie.
Allí, sobre la arena, le dijo: —"Mi lobo loco, solo a ti se te ocurre atacar al señor de los siete mares."
M. D. Álvarez
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