Su instinto se afiló como una hoja recién templada, guiándolo con una precisión casi animal. Cada movimiento era una advertencia silenciosa de que nadie tocaba a los suyos sin pagar un precio.
La tierra vibró bajo sus pasos cuando liberó la totalidad de su poder contenido. Y en ese estallido, quedó claro que protegerlos no era una misión, sino su naturaleza.
M. D. Álvarez
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