Él la esperaba, como todas las mañanas, en su nidito de amor, el lugar donde se conocieron y disfrutaban de gratos momentos antes de volver a la cruda realidad de un mundo que no los quería ver felices ni contentos.
Marcus sintió que algo iba mal; ella no había aparecido en la cueva que él tanto engalanaba para su dulce Angie.
Con cautela, Marcus se encaminó a la casa que Angie compartía con sus padres. La vio por la ventana en su habitación, con la puerta cerrada. Llamó con suavidad a la ventana; ella, al verlo, se asustó por lo que su padre había dicho. Abrió la ventana y dijo: —Mi amor, no debiste venir, mi alocado y dulce bribón. Mi padre te la tiene jurada y, si te encuentra aquí, te matará.
Marcus suspiró y dijo: —Yo te quiero y no habrá nada ni nadie que me impida verte.
Angie lo abrazó y besó con dulzura. Le dijo: —Ve a nuestro lugar secreto; yo iré en cuanto me libre de la vigilancia de mi padre. Sé que mamá comprende lo que siento por ti y me ayudará a salir.
M. D. Álvarez
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