miércoles, 23 de septiembre de 2026

El nido vacío.

—No vas a ir corriendo a refugiarte en los brazos de tu idílico licántropo, porque si lo haces, le daremos caza y de su magnífico cuerpo no quedará ni su mullido pelaje ni sus adorables ojos celestes. ¿Me has comprendido? —dijo su padre al ver la mirada de estupor de Angie. La había atrapado cuando trataba de regresar con Marcus.

Él la esperaba, como todas las mañanas, en su nidito de amor, el lugar donde se conocieron y disfrutaban de gratos momentos antes de volver a la cruda realidad de un mundo que no los quería ver felices ni contentos.

Marcus sintió que algo iba mal; ella no había aparecido en la cueva que él tanto engalanaba para su dulce Angie.

Con cautela, Marcus se encaminó a la casa que Angie compartía con sus padres. La vio por la ventana en su habitación, con la puerta cerrada. Llamó con suavidad a la ventana; ella, al verlo, se asustó por lo que su padre había dicho. Abrió la ventana y dijo: —Mi amor, no debiste venir, mi alocado y dulce bribón. Mi padre te la tiene jurada y, si te encuentra aquí, te matará.

Marcus suspiró y dijo: —Yo te quiero y no habrá nada ni nadie que me impida verte.

Angie lo abrazó y besó con dulzura. Le dijo: —Ve a nuestro lugar secreto; yo iré en cuanto me libre de la vigilancia de mi padre. Sé que mamá comprende lo que siento por ti y me ayudará a salir.

M. D. Álvarez 

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