—No te ocultes, siento tu presencia a varias millas. Sé que tienes un dolor y frustración inenarrables. Si me dejas, te puedo ayudar —dijo la joven por la que él sentía una devoción extrema.
Sus increíbles ojos azules la observaban todas las mañanas; velaba por ella. Su furia era inherente; con ella debía evitar a toda costa mostrar su lado salvaje.
—Anda, ven, que no te haré ningún daño —dijo ella, levantando la mano a modo de invitación. Él salió de la floresta; era un cachorrito de lobo gris. —Eres una ricura —dijo, agachándose y rascándose la cabezota. Él sintió por primera vez el calor de sus manos. Ella lo alzó y lo acurrucó sobre su pecho—. “Estás helado. Ven, que te voy a calentar.” Se dirigió hacia su cabaña y lo depositó en una canastilla con una cálida manta se dirigió a la chimenea y la encendió.
—Sabes, a pesar de tu corta edad, tienes un gran dolor, furia y frustración —dijo ella, poniendo un cuenco de leche tibia frente a la canastilla.
El cachorrito la observaba como si comprendiera lo que ella decía; por primera vez, estaba en paz.
M. D. Álvarez
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