—No tengo visual del objetivo, susurró al micrófono de su reloj que lo comunica con ella. —Aguanta, llego en dos minutos —dijo, levantándose de su situación.
Cuando llegó, lo que vio lo horrorizó: la tenían colgada de las muñecas y la golpeaban con puños americanos.
—Eh, vosotros, ¿por qué no os metéis con uno de vuestro tamaño? —gritó furioso.
Los individuos se giraron y sonrieron. Uno de ellos, el más grande, se dirigió hacia él, mientras el otro seguía castigando el hígado de ella. Cuando aquel mastodonte llegó hasta él, levantó el brazo con el puño cerrado, pero cuando quiso golpearlo, él ya había desenfundado su kukri y le había cortado el brazo.
El gigante dio tal alarido que el segundo individuo se giró sin tiempo a percatarse de que él ya estaba a su altura, propinándole un tajo que le cercenó la cabeza.
Después, descolgó con cuidado la cabeza y la depositó en el suelo, y comprobó sus constantes vitales; estaba inconsciente. Utilizó una ampolla de flumazenil que la despabiló al instante.
—Tranquila, tranquila, soy yo. Estás a salvo —dijo él con calma.
Continuará...
M. D. Álvarez
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