—"No, mi vida, tú no estás gordo, solo tienes los huesos más densos." Trató de calmarlo poniendo su grácil mano sobre su pecho.
—"Como vuelva a oír a alguno de tus amigos llamarme gordo, lo voy a espabilar, pero no a hostias, lo voy a espabilar a guantazos, — rugió fuera, de sí.
Mientras ella trataba de apaciguarlo, sus amigos se partían el culo y hacían gestos.
—"Os podéis largar de una puta vez o lo dejo que os arree con ganas."
—"Venga, déjalo, no sabemos qué has visto en él."
—"Te estás ganando una somanta de palos. Lo prefiero a él mil veces antes que juntamente con unos desaprensivos como vosotros. Él es más dulce y encantador, también tiene su puntito de mala leche que, como no lo frene, os molería a palos."
Él la miró con dulzura y amor; siempre se preguntó qué había visto en él y ahora lo sabía.
—¿De verdad me prefieres a mí en vez de a ellos?
—Claro que sí, mi adorable y dulce bribón.
M. D. Álvarez