—Y tu amiga, la buenorra, ¿por qué no la has traído? —dijo uno de aquellos patanes, amigos suyos.
—¿Creéis que la dejaría con vosotros? Tenéis un peligro que no veas —respondió Marcus, lanzándoles una mirada de reproche absoluto.
—Venga, llámala; si sabes que somos unos corderitos —balaron al unísono.
—Corderitos, sí, y yo soy el lobo feroz, no te fastidia —respondió con una sonrisa de inocencia.
La sonrisa de Marcus era tan falsa como el brillo de la bisutería barata, pero sus amigos se rieron a carcajadas, sabiendo que detrás de esa fachada de lobo había un guardaespaldas más fiel que un perro. Tomó un sorbo de su cerveza, sintiendo la mirada persistente de uno de ellos, John, el más insistente de la manada.
—En serio, Marcus —insistió John, apoyando los codos en la mesa—. Toda la noche hablando de esa chica y ni una foto. Es como si te hubieras inventado a la chica perfecta.
—Y quizá la haya inventado —dijo Marcus, jugueteando con el posavasos—. O quizá es tan real que sé que, si la pongo en un radio de cinco kilómetros a la redonda de vosotros, se formaría un agujero negro de desesperación masculina del que no podríamos escapar.
—¡Eso duele! —exclamó otro, fingiendo clavarse un puñal en el pecho.
—Está bien —suspiró Marcus, con un brillo travieso en los ojos—. Os la enseñaré. Pero bajo vuestra propia responsabilidad.
Todos se agolparon alrededor de su móvil cuando Marcus desbloqueó la pantalla. No era un selfie, sino una foto que él mismo le había tomado sin que ella se diera cuenta. Estaba en una librería, absorta en las páginas de un libro viejo, con un mechón de pelo cayéndole sobre la mejilla y una leve sonrisa en los labios. No era una foto de una «buenorra» en el sentido vulgar que ellos manejaban. Era una imagen de una belleza serena e inteligente que, por un instante, silenció a todo el grupo.
—Vaya... —murmuró John, el primero en romper el hechizo.
—Sí, «vaya» —confirmó Marcus, recuperando el teléfono con cuidado, casi con reverencia—. ¿Ahora veis por qué no la traigo? No merecéis ni su estela.
Se hizo un silencio incómodo, seguido de unas risitas y un cambio brusco de tema. Marcus no volvió a sacar el asunto. Sabía que, por esa noche, había ganado la partida. Pero, sobre todo, había protegido su pequeño tesoro de la manada, confirmando que algunos corderos, cuando tienen hambre, pueden morder..
M. D. Álvarez
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