—Toma, mi amor, te he preparado tu pastel de manzana favorito. Sé que te enfrentas a criaturas espantosas.
—Muchas gracias, madre. Solo el amor que pones en el cuidado de mí y de Emili es el mayor don de todos —respondió el joven guerrero, tomando un buen pedazo del pastel que tan amorosamente le había preparado su madre.
Al paladear el primer bocado, la calidez del hogar disipó las sombras del miedo que amenazaban con paralizarlo. Con la espada firme en la mano y el amor por su familia grabado en el alma, cruzó el umbral dispuesto a plantar cara a cualquier pesadilla.
M. D. Álvarez
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