Noche sí y noche también, las olas batían furiosas contra los acantilados que resistían los embates. Hubo una noche especialmente oscura en la que hasta la luna llena pugnaba por iluminar el cielo diáfano, pero algo en el mar embravecido privaba de luz a la plateada luna.
El farero subió los escalones con una pequeña lamparilla. Al llegar a la linterna, escuchó una dulce voz que lo llamaba con melodiosas palabras:
—"No te dejaré que lastimes a ningún marinero más", -rugió por encima de la tempestad que se acababa de despertar. Con un esfuerzo sobrehumano, prendió la tea que fulminó la oscuridad.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario