Esos mismos columpios donde él se declaró, rodilla en tierra y bajo un aguacero torrencial, ahora eran trasladados por dos transbordadores en dirección a su isla privada, donde pasarían a formar parte de su colección de momentos románticos con los que a Héctor le gustaba agasajarla.
Ella se dejaba querer; sabía lo mucho que significaban para él los recuerdos. No tenían recuerdos felices, y ella llenó todos los vacíos, como olas trayendo la alegría a su vida.
M. D. Álvarez
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