jueves, 24 de septiembre de 2026

El roble ancestral.

Su tronco recio y fuerte los albergaba, cobijándolos bajo sus fuertes ramas. Era el roble ancestral del bosque, testigo silencioso de sus encuentros. Su amada, con un trozo de carbón en mano, talló su nombre en su grueso tronco y el nombre de su aguerrido amante, entrelazados en un corazón imperfecto. 

El viento susurraba entre las hojas, como si aprobara su amor clandestino. Él la observaba, sus ojos brillando con la misma intensidad que las estrellas que pronto asomarían entre las copas. Sabía que bajo la protección de aquel viejo roble, su amor florecería, inmune al paso del tiempo y a las miradas ajenas. 

Allí, en la intimidad del bosque, eran solo ellos dos, unidos por un secreto grabado en la corteza.

M. D. Álvarez 

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