El viento susurraba entre las hojas, como si aprobara su amor clandestino. Él la observaba, sus ojos brillando con la misma intensidad que las estrellas que pronto asomarían entre las copas. Sabía que bajo la protección de aquel viejo roble, su amor florecería, inmune al paso del tiempo y a las miradas ajenas.
Allí, en la intimidad del bosque, eran solo ellos dos, unidos por un secreto grabado en la corteza.
M. D. Álvarez
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