lunes, 21 de septiembre de 2026

En galeras

Aquella inmensa galera se proveía de presos de todas partes, así que siempre coincidían enemigos ancestrales que debían lidiar con sus egos para no matarse entre ellos.

Los bancos más solicitados eran los últimos, pues los temas eran los menos gastados. Los presos más fuertes eran encadenados a las traviesas y hacían turnos de 8 horas diarias, con una comida casi siempre fría. Había un preso destacado por su envergadura y musculatura; seguramente él solo podría mover semejante embarcación. Pero si lo ponían junto a alguno de los muchos enemigos que tenía, nada lo detenía, hasta que los despanzurraba. No quedaba contento, así que lo tenían aislado en la bodega; tan solo lo sacaban cuando era estrictamente necesario, y eso era de tanto en tanto. Aquel enorme preso permanecía cabizbajo; echaba de menos a su dulce amor.

Un buen día, la gran galera arribó a un puerto que él conocía. En aquel puerto fue donde lo condenaron a servir en la galera. La trampilla se abrió.

—¡Eh, tú, sube! —oyó cómo el contramaestre lo llamaba.

El gigante subió de un salto, a pesar de las cadenas.

Uno de los grumetes se acercó con una llave, se agachó y soltó los grilletes de los pies y, después, los de las manos.

—Eres libre —dijo el capitán.

Ni corto ni perezoso, saltó por la borda y corrió alegremente hacia su granja, en la que se encontraba su amada recogiendo heno. Ella levantó la cabeza y lo vio aparecer corriendo por el campo de espigas de trigo. Hecho a correr para abrazarlo y besarlo, llevaba tiempo esperando su llegada.

—Mi vida, siento haberte dejado sola —dijo él, cogiéndola en brazos.

—No importa, mi amor, ya estás aquí —respondió ella con mimo.

Ya nunca más se separaron; cuidaron el uno del otro, el trabajo, sus tierras y ella lo cuidó con deleite.

M. D. Álvarez 

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