No sería un verdadero caballero si permitía que la dañaran.
La bestia, una criatura de piedra y musgo con ojos de ámbar, extendió una mano del tamaño de un carruaje. El caballero, sin dudarlo, colocó la Tsurugi, la hoja más afilada de todo el reino, en la palma de la criatura. El metal resplandeciente contrastaba con la piel áspera de la mole. Un susurro grave, más una vibración que un sonido, emergió del pecho del gigante:
—Acepto tu ofrenda, joven mortal. El camino hacia tu amada está ante ti —dijo el gigante, echándose a un lado.
El caballero se alzó y continuó su viaje sin mirar atrás. Al final de su camino se encontraba su amada, su alma.
El sendero terminaba en una pequeña laguna ovalada de plata líquida, un espejo olvidado por la luna sobre el regazo de la tierra. Sus aguas no son transparentes, sino un sueño mercurial, donde el cielo se viste de metal y las nubes se ahogan en azogue.
Y al otro lado, su dulce diosa, por la que había rendido su fiel Tsurugi, corrió hacia ella, que permanecía inmóvil sobre la mullida tierra. Se arrodilló a su lado, se inclinó y la besó con dulzura. Ella abrió sus verdes ojos y, al verlo a su lado, sonrió y se abrazó a él.
M. D. Álvarez
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