Al cruzar el umbral, el suelo crujió. En el centro del salón, una calabaza apagada comenzó a emitir un destello anaranjado sin llama alguna. Angie dio un paso atrás, pero la puerta pesada se cerró de golpe tras ella.
Un susurro frío le rozó el cuello, acompañado por el chasquido seco de la cerradura.
—Te estábamos esperando —susurró Marcus al oído de Angie, quien dio un respingo y se giró, descubriéndolo ataviado con un hermoso frac con capa. Él tomó su delicada mano y depositó un cálido beso sobre ella.
—Marcus, serás bobo, me has dado un susto de muerte —respondió, todavía asustada.
—Sea bienvenida, mi lady, a mi humilde mansión, respondió Marcus, que al punto dio dos palmadas. La casa cambió de apariencia; ya no era lúgubre ni oscura, era como si hubieran viajado en el tiempo a una época donde la casona lucía sus mejores galas.
El salón estaba lleno de invitados con sus respectivas parejas, y todos la miraban.
—Es hora de abrir el baile. ¿Me harías el honor de concederme el primero? —preguntó Marcus galantemente.
—Por supuesto, mi Lord —respondió Angie, ofreciendo su mano.
Marcus la condujo al centro de la pista mientras las notas de un vals invisible comenzaban a resonar en el aire. Con una inclinación perfecta, la envolvió entre sus brazos, haciendo que el terror inicial de Angie se disipara por completo bajo el hechizo de aquella noche inolvidable
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