Rústicamente intercambiaron sus pulseras identificativas, pero siempre con un único fin: el de conseguir un donante sano que les sirviera para intercambiar los órganos necesarios para su subsistencia. No podían esperar su turno.
Su padre se moría de una insuficiencia renal. Le habían dado seis meses de vida; si no aparecía pronto un donante, no habría nada que hacer.
M. D. Alvarez
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