Ya al levantarse, se sentía raro, cansado y hecho polvo, pero tenía que disimular su malestar. No estaba bien visto que un líder se pusiera enfermo y no acudiera a sus deberes. El malestar iba en aumento hasta tal punto que tuvo que detenerse en la carrera que estaba llevando a cabo; si no lo hubiera hecho, seguramente se habría desmayado.
Un sudor frío le recorrió la espalda mientras se apoyaba contra la pared áspera de piedra del pasillo, jadeando. Cada latido de su corazón resonaba en sus oídos como un tambor lejano, amenazante. Desde el suelo, vio cómo sus guardias y asistentes se acercaban con expresión de alarma, pero sus voces llegaban amortiguadas, como a través de un espeso cristal.
—Mi señor, ¿qué ocurre? -La voz de Klávdios, su capitán de la guardia, logró filtrarse.
—No es nada, solo me he mareado un poco —logró articular Marcus.
Angie apareció como de la nada y, al verlo tan pálido, se acercó rápido. Sabía que estaba a punto de desmayarse; lo cogió con suavidad y ordenó a sus escoltas que trajeran una silla de ruedas.
Él quiso desestimar el ofrecimiento, pero en cuanto quiso dar un paso, su vista se nubló. Gracias a que Angie lo sostenía, al cabo de cuatro horas despertó en su mullido colchón. Al girar la cabeza, encontró la mirada grave de Angie; ella era la única que veía a través de su fachada.
—Marcus, debes cuidarte más. Si siguen empujando los límites, te pasará factura. Es más, ya te lo está pasando. Tu sangre híbrida se está debilitando.
Marcus trató de levantarse, pero ella apoyó su mano contra su pecho y dijo: —Si no quieres morir, déjame cuidarte.
Continuará...
M. D. Álvarez.
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