Las alas se estiraron al primer rayo de sol, como si llevaran años plegadas bajo su piel. Él las miró por encima del hombro, aturdido, mientras los músculos de su espalda se adaptaban a un nuevo peso, ligero y vibrante. Ella despertó y contuvo un grito al verlo: no por miedo, sino por asombro.
—Puedes volar —susurró, y era una orden, una súplica.
Él intentó moverlas, torpe al principio, pero bastó que ella rozara una pluma para que las alas reaccionaran, desplegándose en un abanico de azules profundos. La arrastró contra su pecho y saltaron por la ventana.
El viento los atrapó antes de que cayeran. Él aprendió a golpear el aire con instinto recién nacido, mientras ella se aferraba a su cuello, riendo. No volaban: *caían hacia arriba*, hacia el filo del amanecer donde el cielo se abría como una herida dorada.
—Siempre supiste que esto pasaría —le dijo él al oído, y ella mordió su hombro en respuesta.
Las calles se volvieron sombras, luego recuerdos. Ahora eran dos puntos en el mapa del viento, un rumor que los demás contarían como una leyenda: *la del hombre que amó tanto que se convirtió en todo lo que anhelaba*.
M. D. Álvarez
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