Nadó como si el diablo lo persiguiera, pero en realidad lo que le perseguía era un gran tiburón blanco. Por suerte para él, era un gran nadador y alcanzó la playa antes de que el gran blanco le hincara el diente. Exhausto y casi sin fuerzas, quedó tendido en aquella playa solitaria. Cuando se despertó, ya era entrada la noche; no hacía frío, pero preparó una pequeña hoguera.
Mientras las llamas de la hoguera danzaban, iluminando la oscuridad que lo rodeaba, él se sentó en la arena, tratando de recuperar el aliento y asimilar lo que había sucedido. La adrenalina comenzaba a desvanecerse, y con ella, la realidad de su situación se hacía más evidente. Estaba solo en una isla desierta, con su nave hecha añicos en el fondo del océano y sin ninguna idea de si alguien lo buscaría.
Miró hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo estrellado. La belleza del momento contrastaba con la ansiedad que sentía. ¿Cómo había llegado a este punto? Era un piloto experimentado, pero nunca había imaginado que terminaría así. Sin embargo, su espíritu indomable no le permitía rendirse; debía encontrar una forma de sobrevivir.
Al día siguiente, decidió explorar la isla. Tras un desayuno improvisado de cocos y agua de mar, se adentró en la selva espesa que cubría gran parte del lugar. El canto de las aves y el murmullo del viento entre los árboles lo acompañaban mientras avanzaba. Buscaba señales de vida, algo que le indicara que no estaba completamente solo.
Tras horas de búsqueda, encontró un pequeño arroyo que serpenteaba entre las rocas. Se agachó para beber, sintiendo cómo el agua fresca revitalizaba su cuerpo cansado. Entonces notó algo brillante en el fondo del arroyo; al acercarse más, se dio cuenta de que era un objeto metálico. Con esfuerzo, logró sacarlo del agua: era una brújula desgastada pero funcional.
Con su brújula en mano y un renovado sentido de propósito, empezó a trazar un plan. Si lograba construir una señal visible desde el aire o encontrar algún medio para salir de la isla, podría ser rescatado. Se dirigió nuevamente a la playa y comenzó a recolectar troncos y ramas secas para construir una gran señal en forma de "SOS".
Mientras trabajaba bajo el intenso sol tropical, su mente divagaba sobre todo lo que había dejado atrás: su familia, sus amigos y su vida antes del accidente. Pero también pensó en las historias que había escuchado sobre personas que habían sobrevivido en circunstancias similares; eso le daba esperanza.
Esa noche, después de un día agotador pero productivo, se sentó junto a su hoguera nuevamente. Las llamas crepitaban mientras él miraba las estrellas parpadear en el cielo nocturno. Sabía que no podía darse por vencido; cada día traería nuevas oportunidades y desafíos. Con determinación renovada, cerró los ojos y soñó con el día en que sería rescatado y contaría sus propias historias de supervivencia.
Por suerte, alguien sí lo buscaba utilizando los European Remote Sensing Satellites (ERS) europeos, los satélites EO-1 de la NASA (EE. UU.) y el Resurs-P de la Agencia Espacial Federal de Rusia (RSA). Angie era una experimentada hacker que utilizaría todos los medios posibles para localizarlo. Él era su único compañero por el que movería cielo y tierra para encontrarlo.
Cuando los satélites pasaron sobre la vertical de la isla, hizo zoom y vio el SOS. Mandó a toda la caballería a la isla. Llevaba desaparecido seis meses; cuando lo encontraron, estaba demacrado y delgado, pero vivo.
Continuará...
M. D. Álvarez
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