—Ves, Adler, solo es un poco grande para su edad —murmuró Angie, acariciándole detrás de las orejas puntiagudas—. Además, las criaturas peligrosas no suelen regalar flores.
—Esas violetas eran de la Sra. Higgins, Angie. Acaba de destrozar su jardín en menos de dos segundos —suspiró Adler, pasándose una mano por la frente—. Agradezco el gesto botánico, pero mira esas garras; son del tamaño de dagas. ¿Qué pretendes que hagamos cuando comience la etapa de dentición? ¿Comprar toneladas de carne cruda o evacuar el vecindario?
La criatura emitió un gruñido bajo, casi cantarín, al percibir el tono de desconfianza. Se giró despacio, revelando una hilera de colmillos desproporcionados que habrían alarmado a cualquiera, y acto seguido hizo algo totalmente imprevisto: se echó boca arriba, dejando expuesta su enorme panza gris para que Angie continuara con las caricias.
—Creo que no le gustas porque estás demasiado tenso —se burló Angie, rascándole el vientre al mastodonte, que comenzó a dar pataditas en el aire y a hacer temblar levemente el suelo—. Se llamará Marcus. Lo acabo de decidir.
—Por supuesto, ponle nombre de guerrero temerario seguro eso me tranquiliza —refunfuñó Adler, aunque la tensión en sus hombros cedió un poco al ver al temible espécimen actuar como un perro faldero gigante—. Solo dime una cosa, Angie... si esto es un cachorro de tres meses, ¿quiénes eran exactamente esos criadores? Porque presiento que omitieron detalles bastante importantes sobre su verdadero linaje.
M. D. Álvarez
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