El Argo era la única nave que el joven Glauco no había localizado en sus viajes por los siete mares. Necesitaba encontrarlo; solo así encontraría el destino de su bella Atalanta. En uno de sus muchos viajes, localizó un pecio con una viga hueca, la sacó a pulso y la llevó a una de las agrestes playas de la divina Iberia. Desgajó el hueco y allí halló un viejo portulano que mostraba la ubicación del Argo en una pequeña bahía al norte de la magna Iberia, donde desembocaba el río que bañaba la muy noble ciudad de Oiasso.
Glauco nadó y nadó hasta llegar a la desembocadura del río Oiasso. Allí, los lugareños lo trataron amigablemente y le informaron que los héroes que el noble Argo llevó hasta allí se habían adentrado en los montes Pirene. El joven Glauco preguntó por la hermosa Atalanta y los pobladores le dijeron que ella se dirigió a la cascada de Meazuri en busca de la salvaje ondina..
Glauco la siguió y la halló charlando con una hermosa joven de cabello rubio. Al verlo llegar, se zambulló en la cristalina laguna. Atalante se volvió y, al ver al bello Glauco, sonrió y lo abrazó.
—No te esperaba, mi dulce Glauco —dijo ella, visiblemente feliz de ver una cara conocida.
M. D. Álvarez
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