—Morir es un lujo que no puedo permitirme —susurró él, con la voz áspera y quebrada por el cansancio. Intentó esbozar una sonrisa ladina, una de sus habituales máscaras de arrogancia para restar importancia a la situación, pero la mueca se disolvió antes de nacer. Un leve temblor recorrió sus hombros, traicionando su debilidad.
—Entonces deja de actuar como si fueras inmortal —replicó Angie sin retirar la mano. Sus ojos, profundos y severos, reflejaban una firmeza inquebrantable mezclada con esa sombra de dolor contenido que solo surgía cuando él ponía su vida en juego. —La ciudad no necesita a un mártir en un pedestal, Marcus. Necesitan a un líder con vida. La dualidad de tu linaje te está consumiendo por dentro porque te niegas a escuchar las advertencias de tu propio cuerpo.
Un silencio denso se apoderó de la alcoba. A través de los altos ventanales de piedra, las luces del atardecer teñían la habitación de un tono cobrizo y sombrío. Al otro lado de la pesada puerta de roble, Marcus podía escuchar el murmullo bajo de Klávdios dando órdenes a la guardia, intentando mantener la calma entre la tropa mientras ocultaba la gravedad de la situación. La carga de la corona y la responsabilidad pesaban sobre él mucho más que la propia fiebre.
Lentamente, el orgullo de Marcus cedió. Dejó caer la cabeza contra la almohada y soltó un largo suspiro, permitiendo que la tensión abandonara sus músculos. Por primera vez en meses, se permitió despojarse de la pesada armadura del mando.
—¿Qué me está pasando realmente, Angie? —preguntó en un susurro casi imperceptible, buscando la verdad en la mirada de la única persona a la que confiaba su existencia.
Ella inclinó la cabeza con dulzura y rozó con la yema de los dedos la sien de Marcus. Un leve y tibio resplandor pareció brotar de su contacto, aliviando de inmediato la punzante presión tras sus ojos.
—Tu parte humana está colapsando bajo el peso del poder que intentas sostener —explicó con voz pausada, tan serena como un bálsamo—. La sangre híbrida exige equilibrio, y tú has agotado hasta la última reserva de tu energía sin darte un segundo de tregua. Si no permites que la carne y la magia se reconecten, te destruirás desde dentro.
Marcus levantó la mano con lentitud y rodeó la muñeca de Angie con delicadeza, encontrando en su contacto el único refugio donde no tenía que aparentar invencibilidad.
—Está bien —cedió finalmente, cerrando los ojos bajo la caricia de su mano—. Me quedaré. Pero no te alejes.
M. D. Álvarez
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