El volcán había sido su primera forja, pero llevaba años durmiendo; por eso, cuando llegó aquel aprendiz, decidió reactivar su primer crisol.
Una vez encendido, cogió la caña de soplador, introdujo un bloque de cuarzo con tonalidades rosáceas, sopló y comenzó a dar formas mientras el aprendiz lo miraba embobado.
—Te toca —dijo el maestro, cediéndole la caña. El chiquillo sopló una serie de miniaturas; el forjador dio su visto bueno: lo aceptaría como su aprendiz.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario