Ella les chilló: —"¡Huid! Está desatado, no hay quien lo pare", pero ya era tarde. Un grupo de mercenarios fue sorprendido por una avalancha de golpes y mordiscos. Aquello lo entretuvo lo suficiente como para que su equipo se ocultara.
Solo quedaba ella; trataría de calmarlo, aunque se le hacía difícil. Lo que había hecho explotar su furia fue el tortazo que le habían propinado a ella; jamás se lo perdonaría y se culpaba por ello.
M. D. Álvarez
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