El chaval lo miró con suficiencia y dijo: —No pretenderá, agente, que permita que esos niñatos se metan como mi chica".
Ella apareció tras la espalda del muchacho, con cara de terror. Él la abrazó con dulzura y dijo: —Ya está, mi vida, ya no te molestarán, ¿verdad, agente?
Este, perplejo, afirmó: "Sí, señorita, estos truhanes se van derechos al calabozo.
M. D. Álvarez
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