—¿Los cuatro han llegado en ese cayuco?, preguntó sobrecogido. La embarcación en cuestión era un amasijo de tablas atadas con cuerdas.
—Sí, parece mentira que esos mocosos se enfrenten al mar embravecido, todo por una idea mal concebida.
Héctor lo fulminó con la mirada y los envolvió en mantas térmicas. Sus miradas de agradecimiento se clavaron en su noble corazón.
—Tranquilos, ya estáis a salvo; yo cuidaré de vosotros.
Los chiquillos parecieron comprender y sonrieron con alegría, abrazándolo a la vez.
M. D. Álvarez
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