martes, 20 de octubre de 2026

Su nombramiento.

Estaba monísimo con su uniforme de gala; sus amigas le silbaban e intentaban cazarlo, pero su habilidad para eludirlas era lo que las traía de cabeza. Solo había una única persona por la que se dejaría cazar, y en aquellos momentos estaba ausente. En el día en que lo nombraron comandante, se había tenido que ausentar por motivos laborales; la habían enviado en una misión de reconocimiento. Ella hubiera preferido estar con él en los despachos de graduación, pero no podía desatender las órdenes. Se lo compensaría al volver..

La recepción estaba en su punto álgido, con copas alzadas y risas resonando entre los asistentes. Él mantenía una sonrisa educada, aceptando felicitaciones y palmadas en la espalda, pero en su mirada había un destello de ausencia, un anhelo silencioso por la única persona que realmente quería ver allí.

Mientras sus amigas seguían su juego de silbidos y halagos, él revisó su reloj con impaciencia. Sabía que ella no podía estar, que el deber la había llamado lejos, pero aun así, en su interior, esperaba algún milagro.

Y entonces, cuando la noche comenzaba a apagarse, cuando las luces del salón titilaban con el reflejo de las copas vacías, ella apareció.

Aún vestida con el uniforme de campaña, con el polvo de su misión aún marcando sus botas, irrumpió en el salón con paso firme. Las conversaciones se apagaron por un momento, sorprendidas por su entrada inesperada. Pero él solo veía una cosa: a ella.

Sus miradas se encontraron, y en ese instante, el tiempo pareció detenerse.

—Llegas tarde —dijo él con un deje de reproche, pero en su voz había más alivio que molestia.

—Nunca llego tarde si se trata de ti —respondió ella con una sonrisa antes de deslizar los brazos alrededor de su cuello.

La fiesta siguió su curso, pero para ellos, el mundo entero quedó en segundo plano.

M. D. Álvarez 

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