El cuento que tanto le gustaba se encontraba en el suelo, tirado. Él lo recogió y preguntó: "¿Quieres que te lea tu cuento favorito?"
—Papá, ya soy mayor, no soy una niña pequeña —dijo con aquella mirada de inteligencia.
—Entonces te voy a contar una historia de mayores, ¿te parece bien?
Érase una vez un bosque aterrador y oscuro donde vivían seres de aspecto grácil y otros aterradores. Una de aquellas gráciles criaturas vivía en el linde del bosque y curaba a todo tipo de criaturas, tanto las luminosas como las aterradoras. Una de aquellas criaturas oscuras la observaba día sí y día también. También ella percibió unos ojos azules que no la perdían de vista, así que se acercó al linde y preguntó: "¿Por qué no sales? Puedo curarte."
Él no dijo nada ni tampoco avanzó.
A la mañana siguiente, un apuesto licántropo depositó un precioso ramo de flores silvestres.
—Así que eras tú quien no me quitaba el ojo de encima —dijo ella, tomando el ramo—.
—Puedes seguir, te quiero mostrar algo.
Él avanzó temeroso y se agachó para pasar por la puerta. Dentro, la casita era acogedora y cálida.
—Ven, siéntate —dijo ella.
Él obedeció y se sentó con cuidado en la silla que ella le ofreció.
—Muéstrame tu garra —dijo ella.
Él extendió la garra; en el centro había una espina grande.
—Esto te tiene que doler. Déjame que te quite esa púa —dijo ella con dulzura. Cogió unas pinzas y extrajo la espina. El aguerrido licántropo emitió un pequeño quejido, pero no retiró su garra. Cubrió con un pequeño vendaje y dijo: —Vuelve mañana para que te cambien el vendaje y deja de meterte en los rosales salvajes.
El apuesto licántropo salió feliz y se fue correteando al bosque; había hecho una nueva amiga.
—¿Qué te ha parecido el cuento, mi vida?
—¡Woow, muy tierno, papi! Mañana me cuentas otro —dijo la chiquilla con una sonrisa arrebatadora.
M. D. Álvarez.
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