No estaba escrita en ninguna lengua que reconociera. Eran caracteres angulosos, distribuidos en cuatro líneas, con un símbolo repetido al principio y al final de cada una.
—Angie, ven a ver esto.
La arqueóloga se acercó y examinó la inscripción durante unos segundos.
—Necesitamos fotografiarla y documentarla antes de tocar nada más.
—Estoy de acuerdo —respondió Marcus—. Pero tengo la sensación de que esto no es una advertencia.
—¿Y qué crees que es?
Marcus observó de nuevo el ciempiés gigantesco, las figuras humanas y aquella extraña criatura que parecía obedecer al personaje central.
En ese instante, un ruido seco resonó bajo sus pies.
Todos se quedaron inmóviles.
El sonido había procedido del fondo de la excavación, más allá de la cuadrícula de Marcus, donde una pared de roca permanecía parcialmente oculta por la tierra.
Un segundo golpe sacudió el suelo.
Esta vez, varios fragmentos de piedra se desprendieron de la pared y cayeron al suelo.
—¡Atrás! —ordenó Angie.
Los investigadores retrocedieron mientras una fina lluvia de polvo descendía desde el techo de la excavación. Marcus ayudó a Samuel a ponerse en pie y buscó con la mirada el origen de aquel estruendo.
La losa sobre la que estaban grabados los petroglifos se había desplazado, dejando paso a un túnel angosto. Nadie se atrevía a dar el primer paso.
Continuará...
M. D. Álvarez
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