Aquella noche de Halloween, el reloj de la cocina marcaba las 00:00 exactas cuando Marcus decidió que ya no podía soportar más el silencio.
Vivía en una vieja casa de piedra cerca de la muga, con contraventanas de madera que crujían con el viento del Bidasoa. Llevaba semanas escuchando aquel sonido nocturno: un rasguño rítmico, como el de uñas largas de arcilla intentando abrirse paso por el revoque de la pared exterior, justo al otro lado del dormitorio.
—Es solo la humedad, o algún gato callejero —se repitió en voz baja, encendiendo una pequeña linterna de mano.
Decidió salir al jardín trasero. El aire estaba impregnado a hojas mojadas y tierra fría. La oscuridad era tan densa que su propia sombra parecía separarse de él, proyectándose hacia un rincón donde los rosales se habían marchitado hacía tiempo.
Al enfocar la linterna hacia la medianera de piedra que separaba su terreno del monte, el haz de luz tembló.
Allí estaba. No era un animal.
Una figura alta y encorvada, vestida con harapos que parecían hechos de sacos de arpillera empapados en barro negro, estaba de pie frente al muro. Lo más perturbador no era su silueta, sino su rostro: una máscara tallada directamente en madera podrida, con cuencas vacías que parecían absorber la escasa luz de la linterna en lugar de reflejarla. En su mano nudosa sostenía un viejo farol de hojalata que no emitía llama, sino un humo denso y ceniciento.
Marcus sintió que el corazón se le congelaba en el pecho. Quiso gritar, pero su voz quedó atrapada en un hilo de aire seco.
La criatura giró lentamente la cabeza con un crujir seco de ramas secas. Y entonces, de las profundidades de la máscara, emergió una voz que no sonaba como la de un ser vivo, sino como el eco del viento colándose entre las piedras de un sepulcro:
—En la noche de los difuntos, quien cruza el umbral sin invitación… deja su alma en posesión.
El terror le devolvió el impulso a las piernas. Marcus dio media vuelta y corrió hacia la puerta trasera, tropezando con las raíces húmedas del jardín. Escuchó tras de sí un sonido acompasado, pesado y arrastrado, como si la tierra misma se moviera con cada paso de la entidad.
Se precipitó al interior de la casa, cerró el cerrojo de hierro de golpe y echó la tranca de madera. Su respiración era agitada, dolorosa en los pulmones. Se recostó contra la puerta, temblando de pies a cabeza, mirando hacia el pasillo oscuro que conducía al salón.
—Ya pasó... solo ha sido una pesadilla... —balbuceo, secándose el sudor frío de la frente.
El ambiente de la casa estaba helado, como si las ventanas hubieran estado abiertas de par en par durante horas. Y sobre la mesa de la entrada, justo al lado de las llaves que acababa de dejar, reposaba un pequeño objeto que antes no estaba allí:
Una piedra lisa de río, húmeda y fría, tallada con la misma forma de cuenca vacía que la máscara del jardín. Y al fondo del pasillo, desde la oscuridad de su propia habitación, comenzó a escucharse de nuevo el rasguño lento, metódico y cercano.
Ras... ras... ras...
A la mañana siguiente, cuando Angie cruzó el umbral, encontró a Marcus sin vida; su rostro reflejaba el más puro terror. Su alma había sido arrebatada por Gaueko, que, como dios de la noche y las tinieblas, campaba a sus anchas en la noche de difuntos.
M. D. Álvarez
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