—Prométeme que volverás —le suplicó, sus ojos brillando con lágrimas no derramadas.
Él se detuvo un instante y la miró con intensidad, como si intentara grabar su imagen en su memoria.
—Te lo prometo —respondió con una voz firme—. No permitiré que ese monstruo cruce aquí.
Sin más dilación, dio un paso adelante y desapareció en la oscuridad del agujero. Ella se quedó paralizada, el eco de sus patas resonando en su mente mientras el portal parecía cerrarse tras él.
La angustia la invadió mientras revisaba las imágenes del dron. Las criaturas monstruosas seguían luchando por atravesar el umbral, pero el hombre leopardo había comenzado a asomarse; su pelaje negro como la noche brillaba con una ferocidad aterradora. Ella sabía que cada segundo contaba.
Decidida a ayudar a su amigo de cualquier manera posible, comenzó a revisar las grabaciones del dron en busca de pistas sobre cómo podía apoyarlo desde este lado del umbral. Las imágenes eran caóticas, pero entre los gritos de los monstruos y las sombras distorsionadas, notó algo: había un patrón en sus movimientos, una especie de danza casi ritual entre ellos que parecía indicar un punto débil.
Mientras tanto, dentro del otro mundo, el hombre lobo avanzaba con cautela. La atmósfera era densa y pesada, llena de un olor a tierra húmeda y sangre seca. A medida que se adentraba más en el claro, vio al hombre leopardo frente a él; sus ojos eran como dos brasas encendidas, llenos de rabia y hambre.
—Eres valiente por venir aquí —roncó el hombre leopardo, su voz retumbando como un trueno—. Pero no tienes idea de lo que estás enfrentando.
—No permitiré que cruces a mi mundo —respondió el hombre lobo con una determinación feroz—. Este bosque es sagrado y lo protegeré con mi vida.
El enfrentamiento era inevitable. El hombre leopardo lanzó un rugido ensordecedor y se abalanzó sobre él con una velocidad sorprendente. El hombre lobo esquivó por poco su ataque y contraatacó con sus garras afiladas. La lucha se desató en una danza mortal entre dos depredadores; cada golpe resonaba con fuerza en el aire cargado.
Mientras tanto, desde su lado del umbral, ella observaba ansiosamente las imágenes del dron. Recordó aquella danza entre los monstruos y decidió intentar comunicarse con él.
Con manos temblorosas, comenzó a ajustar los controles del dron para enviarle mensajes visuales al hombre lobo: patrones de luces intermitentes que podrían guiarlo hacia el punto débil del hombre leopardo.
—¡Mira! —gritó ella al vacío— ¡Sigue las luces!
El dron voló bajo y comenzó a emitir destellos rápidos, creando un camino brillante hacia donde ella había visto la debilidad en las criaturas. El hombre lobo vio los destellos desde su posición; aunque estaba luchando por mantenerse en pie ante la feroz embestida del hombre leopardo, comprendió lo que ella intentaba hacer.
Con un esfuerzo monumental, logró desviar la atención del hombre leopardo hacia las luces brillantes que danzaban frente a él. En ese instante crucial, el maníaco depredador se distrajo lo suficiente como para permitirle al hombre lobo encontrar una apertura.
Con un salto poderoso, aprovechó la oportunidad para atacar directamente donde había visto el resplandor: en el costado del hombre leopardo. Las garras del hombre lobo encontraron su objetivo y la criatura rugió de dolor mientras retrocedía.
Ella sintió una oleada de esperanza al ver cómo su amigo luchaba valientemente contra la criatura; sabía que estaba haciendo todo lo posible para proteger lo que ambos amaban.
La batalla continuaría, pero juntos habían encontrado una forma de comunicarse más allá de los límites de sus mundos...
M. D. Álvarez
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