Angie se puso hecha un basilisco; las jovencitas, en cuanto la vieron aparecer, salieron huyendo.
Angie llegó donde su adorado cachorro y lo calmó con delicadeza. "Está visto que no te puedo dejar solo", sentenció ella.
"Angie, ya sabes que yo no les doy pie, pero siempre tratan de meterme mano, eso que soy considerado", y las apartó con delicadeza.
"Lo sé, mi terroncito de azúcar. Ya me encargaré de ellas. Ven conmigo, mi precioso cachorrito", lo fue guiando hasta su habitación, donde le enseñaría nuevos trucos para zafarse de aquellas sobonas.
M. D. Álvarez
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