Al amanecer, él la despertó con un suave gruñido. Ella sonrió, aún somnolienta, y acarició su pelaje negro como la noche.
—Gracias por traerme —susurró, como si temiera romper la quietud del bosque.
Él inclinó la cabeza, pero sus ojos mostraban una preocupación que ella no supo interpretar del todo.
Caminaron durante horas entre árboles tan altos que apenas dejaban pasar la luz. Cuando por fin llegaron al claro, el aire vibraba con una energía distinta, como si la atmósfera estuviera hecha de cristales tensos a punto de quebrarse. La distorsión seguía allí, palpitando, respirando.
Ella dio un paso adelante, fascinada.
—Es más grande que ayer… —murmuró.
El licántropo gruñó, esta vez con un tono grave que la obligó a detenerse. Entonces, algo ocurrió: la superficie del “agujero” se onduló, como si respondiera a su presencia. Un destello azul recorrió el borde de la anomalía, y por un instante ella creyó ver… algo. Una silueta. Una sombra. O quizá un reflejo de sí misma, pero más delgada, más pálida, más… rota.
Retrocedió de inmediato.
—¿Lo has visto? —preguntó, con la voz temblorosa.
Él asintió. Y por primera vez desde que lo conocía, ella lo vio dar un paso atrás.
Entonces, el bosque enmudeció. Ni pájaros. Ni insectos. Ni viento.
Solo el latido profundo y lento de la distorsión.
Ella tragó saliva.
—Tenemos que entender qué es, pero no hoy. Me basta con saber que existe.
El licántropo se acercó y apoyó su enorme cabeza en su hombro, como si quisiera anclarla al mundo real. Ella lo abrazó con fuerza.
—Mañana volveremos —dijo ella, aunque su voz no sonaba tan segura como la víspera.
Él no respondió. Solo la miró con esos ojos azules que parecían saber más de lo que podían expresar.
Y mientras se alejaban del claro, la distorsión emitió un leve zumbido, casi un susurro, como si hubiera reconocido a su visitante.
Continuará…
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario