La oyó rugir; aquello puso en polvorosa a los amigos, que pillaron su ropa y salieron escopeteados por donde pudieron. Muchos no se cruzaron con ella, pero los menos afortunados no tuvieron tanta suerte y salieron con los rostros marcados por la mano de Angie.
Ya en la calle, uno de ellos se volvió y pudo vislumbrar cómo se lanzaba, cual pantera, sobre el cuerpo de Marcus. Lo que no logró comprender es que la cazara al vuelo se la llevara a la cama.
—¿Tú crees que estará bien? —preguntó uno.
—Ese, ese no le teme ni a las panteras en celo —respondió otro, acabando de vestirse—. Seguro que la está calmando como solo él sabe, respondiendo con una sonora carcajada.
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