Al amanecer, vio cómo aquel monstruo trataba de despedazar a su chico, pero la luz siempre vencía a la oscuridad y logró dominarlo. Cuando la vio llegar, con el dolor todavía latente, dijo: —Angie, ¿qué haces aquí?
—Yo... solo quería... me preocupan tus desapariciones —dijo ella, tendiéndole una muda limpia.
Él se vistió y, como por instintivo amor, la abrazó. —No quería que te preocuparas por mí, Angie.
M. D. Álvarez
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