sábado, 24 de octubre de 2026

La peor parte de la caída. 2da parte.

La ambulanza se sacudía bruscamente, pero Marcus apenas lo notaba. Un velo gris se cerraba sobre sus sentidos, y solo la presión de la mano de Angie en la suya —débil, lejana— lo mantenía anclado a la realidad.

—Marcus, quédate conmigo —oyó que decía Angie, su voz temblorosa—. No te duermas, ¿me oyes?

El paramédico, un hombre de unos cuarenta años con una calma que inspiraba confianza, le estaba poniendo una vía intravenosa en el brazo sano.

—Tiene una posible lesión medular cervical y el brazo derecho está seriamente comprometido —le explicó en voz baja a Angie, aunque Marcus captó las palabras clave—. Pérdida de pulso en la muñeca. Es una urgencia quirúrgica.

—¿Lo van a operar en cuanto lleguen? —preguntó Angie, conteniendo las lágrimas.

—Directamente a quirófano. Han avisado al equipo de traumatología y a cirugía vascular.

Marcus intentó hablar, pero solo salió de sus labios un quejido ronco. El dolor había trascendido lo físico; era una presencia oscura y densa que lo inundaba todo. "Mi brazo", pensó con un pánico lúcido. "No lo siento".

Angie, como si le leyera el pensamiento, apretó más fuerte su mano.

—Escúchame, Marcus. Eres el tipo más terco que conozco. Esto no es más que otro obstáculo. ¿Recuerdas cuando escalamos el pico del Halcón sin el equipo de oxígeno suplementario? Esto es menos que eso.

Una esquina de la boca de Marcus se torció en lo que pretendía ser una sonrisa. Mentía. Los dos sabían que esto era mucho peor.

La ambulanza se detuvo con un chirrido y las puertas se abrieron de golpe. La luz blanca y fría del servicio de Urgencias lo cegó. Un torbellino de voces y movimientos se apoderó de él.

—Paciente masculino, 19 años, caída de 35 metros... Posible trauma cervical... Isquemia en brazo derecho...

Manos expertas lo trasladaron de la camilla de la ambulanza a una de hospital. Vio el techo de la luminosa sala de reanimación pasar a toda velocidad sobre él. Angie corriendo a su lado, su figura borrosa por las lágrimas que él no podía llorar.

—Angie —logró articular, con la poca fuerza que le quedaba.

—Estoy aquí, Marcus. No te voy a dejar.

Un médico con gafas y bata verde se interpuso entre ellos.

—Señorita, tiene que esperar fuera. Lo llevamos directamente a quirófano.

El último cosa que vio Marcus antes de que las puertas batientes del quirófano se cerraran fue la cara desencajada de Angie, tratando de mantener la compostura y fallando estrepitosamente. Luego, una máscara se acercó a su rostro y una voz suave le dijo: "Respire hondo, Marcus".

La oscuridad, esta vez, fue total y acogedora.

Angie se dejó caer en una incómoda silla de plástico de la sala de espera. Había llamado a los padres de Marcus y a su hermana. Ahora, solo podía esperar. Rob y el resto del equipo llegaron poco después, con caras de preocupación.

—¿Alguna noticia? —preguntó Rob, pálido.

Angie negó con la cabeza, abrazándose a sí misma. La imagen del brazo de Marcus, pálido y amoratado, se le repetía una y otra vez en la mente.

—El cirujano dijo... que harían lo posible por salvarle el brazo.

El silencio que siguió fue elocuente. Todos sabían lo que eso significaba: que existía la posibilidad real de que lo perdiera.

Las horas pasaron con una lentitud cruel. Cada vez que una enfermera salía, Angie se ponía en pie de un salto, solo para recibir un leve gesto negativo con la cabeza. Hasta que, finalmente, un hombre con bata quirúrgica y un gorro verde, con el rostro marcado por el cansancio, apareció en la puerta.

—¿Familia de Marcus Warren?

Angie se levantó, con las piernas temblorosas.

—Yo soy su... soy su novia. Angie. ¿Cómo está?

El cirujano los condujo a una sala más pequeña y privada.

—La operación ha sido larga y compleja. Hemos tenido que reconstruir la arteria humeral y varias vías nerviosas. El trauma era severo.

Angie contuvo la respiración.

—¿Y su brazo?

—Lo hemos salvado —dijo el médico, y una ola de alivio colectivo inundó la habitación—. Pero —añadió, y esa palabra lo cambió todo— la isquemia fue prolongada. El daño nervioso es extenso. Es imposible saber cuánta funcionalidad recuperará. Es probable que la movilidad del brazo y, especialmente, de la mano, quede muy limitada.

Para un escalador, esas palabras eran una sentencia. Angie lo sabía. Un escalador sin el uso completo de su mano derecha...

—¿Y la columna? —preguntó, casi sin querer saber la respuesta.

—El trauma cervical fue menor de lo que temíamos. No hay lesión medular. Podrá caminar.

Era la mejor noticia que podían haber esperado, y sin embargo, saboreó a poco. Angie asintió, tragando saliva.

—¿Puedo verlo?

—Está en la UCI, sedado. Podrá entrar unos minutos cuando lo pasen a su habitación, en unas horas.

Cuando el médico se fue, Angie se apoyó contra la pared, dejando escapar un largo y tembloroso suspiro. Marcus estaba vivo. Habían salvado su brazo. Pero la vida que conocía, su pasión por la escalada, quizás no.

La verdadera caída, comprendió de pronto, quizás acababa de comenzar.

Continuará...

M. D. Álvarez 

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