Vagaba el joven Hadab por los vastos territorios de las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates, pero todavía no tenía su característico color verde.
El joven señor, dios de las tormentas y de la lluvia, vio a lo lejos una pequeña choza y se encaminó hacia allí. La choza estaba habitada por una pareja de ancianos que, con el sudor de su frente, apacentaban un rebaño de bueyes y vacas visiblemente flacos.
Hadab se apiadó de los nobles ancianos, que le ofrecieron lo que tenían: una hogaza de pan.
Hadab ofreció una esbelta plantita de tallo largo, hojas alargadas y flores de una tonalidad rojiza o violácea, dispuestas en inflorescencia, y un grano de forma ovalada, y dijo: —Esta pequeña cubrirá las cuencas de los ríos Tigris y Éufrates, y con ella podréis alimentar a vuestro ganado.
Este es el origen de una preciosa plantita. Ah, que no os he dicho el nombre de la planta: es ni más ni menos que el sorgo de Alepo..
M. D. Álvarez
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